«¡Ay!, Felipe de la OTAN, cataflota, verigüel...», qué decepción más grande fuiste y serás por siempre.
Todavía recuerdo la sensación que me produjo ver en la tele y en directo a un montón de viejos llorando de alegría en las calles, entre los tumultos de banderas, voces y micrófonos después de tu primera victoria en este país de -antiguamente- pandereta y -hoy- corrupción.
Qué absoluta decepción. ¿Si el país lo necesita? Efectivamente: el país necesita una gran coalición cósmica de los dos grandes partidos. Cuanto más estrechos los lazos, mejor. Cuantos más acuerdos, mejor. Así hacen los piratas para dominar la mar océana. Esa es la única solución para que España salga de esta pesadilla: una gran coalición de los dos grandes partidos. Y que luego se vayan así, coaligados, al fondo del océano olvido.
martes, 13 de mayo de 2014
viernes, 14 de febrero de 2014
Repartir soluciones cuando no hay problemas (II)
Yo concibo el Estado como toda una organización cuyo
objetivo genérico es facilitar la convivencia entre los miembros de una
sociedad cuando la convivencia se vuelve hostil. Para conseguir ese complejo
objetivo, entiendo que el Estado debe valerse de leyes (redactadas por expertos
suficientemente acreditados), de personas e instituciones que interpreten y
garanticen la justicia explícita en esas leyes y, por último, personas e
instituciones que velen por el cumplimiento de las mismas.
Me da igual la jurisdicción territorial o material de una
ley determinada, y tampoco importa su naturaleza. Da igual que sean decretos,
leyes orgánicas, o normas sobre situaciones muy concretas. Todo el mecanismo
del Estado debe estar programado para garantizar que esas leyes son justas y que
se cumplen.
Así, el Estado debe meter la nariz en cuestiones económicas,
laborales, sociales, medioambientales, culturales… para garantizar que todos y
cada uno de los individuos que componen su sociedad estén protegidos y sean apoyados. Cuando existe un
conflicto entre dos partes de una relación, el Estado debe velar por que ninguna
de las partes se convierta en vasalla de la otra. Si un empresario alcanzara su
máximo desarrollo valiéndose de leyes laborales que esclavizan a sus
contratados, el Estado debe compensar la situación, sin importar que ese
empresario no llegue tan lejos, siempre y cuando los trabajadores de su empresa
tengan garantizados todos sus derechos fundamentales y laborales.
No entiendo la intervención del Estado en muchas otras cosas
que escapan a todo lo expuesto hasta ahora. Algunos –muchos de ellos son esos
emprendedores voraces que justifican su remontada con el fin conseguido sin
tener en cuenta el medio– defienden que
el Estado no intervenga en cuestiones laborales y otras parecidas. Para los
republicanos estadounidenses, el Estado
es, simplemente, un estorbo; lo ideal para ellos es la cotidianización de la “ley
del más fuerte”. Obviamente la aclaman desde el lado del más fuerte.
Pues bien, todo eso viene a que de nuevo no entiendo –y al parecer no lo entenderé nunca– por qué los cuerpos de seguridad se empeñan
en repartir soluciones cuando no hay problemas. Vuelvo a mi idea inicial: la
intervención de cualquier mecanismo del Estado es necesaria solo cuando hay un
conflicto en la convivencia. Si no lo hay, el Estado más bien –y ahora sí– estorba.
Este es el caso concreto: hoy iba caminando por una acera en
cuesta en Granada. Me disponía a cruzar un paso de peatones, al que se acercaba
un coche que ha ido aminorando la velocidad con la intención de cumplir la
norma y dejarme pasar. Yo, que no iba muy lanzada –en realidad necesitaba recuperar un poco el resuello– y sé lo que significa parar en una cuesta,
volver a meter primera, el acelerón con su consumo de combustible… le he hecho
un gesto con la mano para que siguiera sin parar. No había más peatones, no
venía ningún otro coche detrás… Y el coche ha pasado y Santas Pascuas. O sea, uno
de esos casos en que la aplicación de la norma no es necesaria ni tampoco la
intervención del Estado puesto que la convivencia no es hostil sino todo lo
contrario. Además de que en esas situaciones demostramos que somos personas
capaces de entendernos sin que venga nadie a leernos la cartilla.
Pero, claro, los mecanismos del Estado son ya el mecanismo
de control véngale o no le venga, y suelen estar, no ya solo en la sopa, sino
en el agua que vas a utilizar para hacer el caldo. Un coche de la Policía Local
ha visto la operación y se ha parado haciéndole gestos a la mujer que me había
dejado pasar por mi indicación. Le hacían gestos para que detuviera su coche y
se apartara de la vía. Al darme cuenta, me he vuelto y he empezado a andar
hacia ellos, con la intención de impedir como fuera una multa que yo habría
provocado y que habría sido totalmente injusta. Una vez más, una de esas
aplicaciones de soluciones donde no hay problemas, creándolos. Y un nuevo golpe de conciencia, de pregunta y de resquemor: ¿para qué están en realidad estos tipos?, ¿cuáles son sus obligaciones y sus objetivos?, ¿siguiendo qué consigna se calzan todos los días la gorra y la porra?
Milagrosamente se han ido sin más, han dejado de gesticular,
una miradita chulesca a mi persona y fin del cuento. Menos mal, porque estaba dispuesta
a almorzármelos.
14 de febrero de 2014
martes, 4 de febrero de 2014
Repartir soluciones cuando no hay problemas
«A ver si por una
simple multa de tráfico va a acabar esto a puñetazos y con algún detenido», fue
parte de lo que nos dijo anoche un municipal en la C/ Carmen de Burgos. Extendían
recetas a tres coches estacionados en
la acera. Nosotras salíamos de una de esas casas y nos encontramos con el
percal: los afectados discutían con un agente. Mi amiga –vecina de esa calle–
se acercó a preguntarles por qué no acuden a las llamadas que hacen los sábados
cuando, por motivo del mercadillo del Zaidín, esa misma acera se llena de
coches impidiendo el acceso a viviendas y cocheras, e incluso impidiéndoselo a
los servicios de emergencia en caso necesario.
La «simple multa de
tráfico» ascendía a 200 €. Uno de los coches condecorados pertenecía a una pareja jovencísima que estaba
recogiendo a su hijo pequeño. Dijeron estar en paro. Si es verdad, lo de «simple
multa» sobraba: en la mayoría de las economías familiares, por desgracia, 200 €
son un pastizal. Estaban infringiendo el código pero, en realidad, no
estorbaban. Por eso mi amiga se acercó a saber por qué no acuden cuando sí
estorban y son muchos más. Dijeron que alguien había denunciado y que hacen su
trabajo; nosotros, que tenían la posibilidad de decidir. (Una vez tardaron 6
meses, desde mi primer aviso, en retirar de mi calle dos coches abandonados que
ocupaban tres de los 10 escasos estacionamientos).
11 de enero de 2014
El contrafuego
¿Y si hiciéramos lo mismo que hace nuestro Gobierno:
difundir hasta la hartura, sea verdad o mentira, lo que ellos quieren que pensemos?
Últimamente hablan hasta la saciedad de la incipiente recuperación
económica, la misma que ni se nota ni, por ahora, se espera. Pero ellos lo
sueltan en cada discursito, en cada congresito, en cada mocho de micrófonos. Es
mentira, pero es verdad aquello de “una mentira repetida mil veces…”. Así que,
para empezar, la estrategia no es mala. En principio puede sembrar dudas a
favor en las cabezas de los que les votaron y ahora dudan en su contra, y esos
serán unos miles de votos, supongo. Después puede que esa mentira clonada se
instale como cierta en las cabezas de los más perezosos, y les venga
estupendamente que por fin haya buenas noticias, pues ya llevaban mucho tiempo
fuera de los laureles y quieren volver a dormirse.
No estaría mal hacer lo mismo. Podríamos empezar por repetir
que el miedo ha cambiado de bando. Repetirlo una y otra vez. En fotofrases, en
artículos, en viñetas, en discursos alternativos y debates de radio o
televisión. Mientras almorzamos con nuestra familia o les explicamos la
fotosíntesis a nuestros hijos. Con conocidos en el bus, bien fuerte, para que nos
oigan los de alrededor.
Porque se trata de conciencia. Se trata de meternos en vena la
idea de que ellos son nuestros empleados y que trabajan para nosotros, y que tenemos
que pedirles cuentas y no permitirles las fechorías que hasta ahora van
imponiendo a golpe de decreto, sentencias y amnistías. Hablo de perder el miedo
y publicarlo a los cuatro vientos hasta aburrir a las mismísimas piedras, si hace
falta. De estar en la calle, de firmar, de protestar, de ser la oveja negra de
cualquier reunión y expandir nuestra conciencia, hablarle a nuestros conocidos
de lo que sabemos, difundir los vídeos delatores y las noticias analíticas. Que
nuestros hijos vean que peleamos y vigilamos a nuestros trabajadores (los políticos)
y los castigamos cuando no hacen las cosas para las que fueron contratados con
nuestro voto. Así, ya que nosotros la hemos perdido, sembraremos en ellos la
conciencia de clase, el apoyo mutuo tan necesario para que no nos roben la
vida.
La cosa pública debe funcionar porque es la única manera de
que una sociedad proteja a todos sus individuos, incluidos los que no son
emprendedores, los que son torpones y no le atinan a labrarse un porvenir, los
que han nacido con deficiencias o los que quieren usar su derecho de hacer con
su cuerpo lo que les dé la gana. Pero España se está convirtiendo en una
empresa privada que hace balance económico cada dos por tres, y en ese balance
no están los desvalidos ni los que han tenido mala suerte ni los que no han
sabido jugar sus cartas. La sociedad debe protegernos a todos. Exigirnos, también,
pero protegernos.
Repetir que ya no tenemos miedo es empezar a perderlo. No tenemos
miedo a protestar, por muy feas que se hayan puesto las leyes. Ni a ocupar
nuestro tiempo en charlas o debates alternativos. Ni miedo a denunciar
fechorías que se han institucionalizado. Hay una palabreja por ahí, en nuestro
gallardo idioma, que puede darnos una metafórica esperanza:
contrafuego.
1. m. P. Rico. Fuego que se da en un cañaveral u otra plantación para que cuando llegue allí el incendio no se propague, por falta de combustible.
contrafuego.
1. m. P. Rico. Fuego que se da en un cañaveral u otra plantación para que cuando llegue allí el incendio no se propague, por falta de combustible.
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Ahora mismo somos pastizal que están quemando porque nos
consume la teoría del "no podemos cambiar nada". Procuramos resistir,
llegar a fin de mes, que no nos toque la china de un despido, de falta de
trabajo, que nuestra familia pueda seguir apoyándonos económicamente, y
entonces cada fin de mes ardemos, volvemos a arder, convirtiendo en legítimas
sus fechorías. Pero cuando pase lo anterior, cuando hayamos difundido por todos
sitios que hemos perdido el miedo y en la mayoría de las conciencias sea
verdad, el fuego de estos indignos llegará a algo que ya está ardiendo, un
fuego controlado que no les permitirá avanzar porque se habrán quedado sin el
combustible que les permite arder a ellos, se habrán quedado sin las personas
asustadas de las que se nutren.
4 de febrero de 2014
jueves, 9 de enero de 2014
El primer paso
El primer paso es conseguir que este gobierno deponga sus
armas, deponga sus políticas y, en definitiva y mucho mejor, se deponga a sí
mismo.
Y auditar la deuda, ese es el primer paso. Coger en serio a
algunos expertos (pero de los que expertean
de verdad y trabajan) y hallar las fisuras y las partes y las razones de su ilegitimidad, y
entonces pagar solo lo que sea deuda nuestra de verdad, pero no pagar la que no lo sea, que es el primer paso.
De ese modo habría dinero para políticas sociales y para
garantizar a todos los ciudadanos un mínimo de vida digna, el primer paso que
debemos dar. También habría para frenar el paro y crear puestos de trabajo, que
es lo primero.
Por supuesto se podría conseguir más obligando a los corruptos
a que devuelvan lo robado, pero que lo devuelvan con creces o intereses, y por
ahí debemos empezar. Y el primer paso es conseguir la verdadera independencia
del poder judicial para que sea imposible el favoritismo y para que la justicia
sea justa de una vez por todas, que es el ineludible punto de partida.
Y el primer paso es educar a nuestros hijos en la conciencia
de lo público, en que la sociedad debe proteger a sus individuos; enseñarles a
las generaciones futuras que el hecho de nacer es una garantía de vida digna y que
muchas veces la comunidad debe estar por encima del individuo, y que tendrán que
sacrificarse pero solo a veces, y que otras veces serán otros los que cedan.
Debemos empezar dando el primer paso, que es operar un
cambio en nuestro interior.
9 de enero de 2014
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